A raiz de toda la polémica desatada con el caso de Noemí Rubio, se ha multiplicado por el entorno españolista toda clase de exclamaciones defendiendo la acertada, o no, reacción de los dirigentes del Espanyol respecto a su decisión de 'despedir' a la futbolista. Ya no vale la pena darle más vueltas al suceso puesto que mientras los más recalcitantes piden poco menos que la excomunión de la deportista, los hay que consideran que 's'ha fet un gra masa' del tema. No es cuestión de entrar en valoraciones porque, de hecho, todo el mundo puede tener su razón. Todo es, siempre, según el color con que se mire, claro.
Lo que ocurre es que tomando a Noemí como ejemplo, se ha pretendido cambiar la historia. Y eso ya no. No es que valga la pena o no, es que, simplemente, no puede mantenerse como cierta una historia del todo falsa y que desde el mundo perico se ha querido elevar a los altares.
Se afirma que un buen día, hace ya muchos años (tantos que no son pocos los que hablan de ello sin ni tan sólo haber vivido aquel hecho) un futbolista llamado Canito, perteneciente al Barça, celebró un gol del Espanyol en pleno Camp Nou y durante un partido del Barça. Sí, es cierto. Ocurrió. Lo que no pasó es todo lo que se pretende a partir de ahí. Dicen que aquel hecho condenó a Canito hasta el punto que nunca más volvió a jugar con el Barça y tuvo que salir por piernas, poco menos, del club. Menuda falsedad...
El veinte de abril de 1980 se disputaba la jornada 30 de Primera División. En el Camp Nou se

enfrentaba un Barça muy venido a menos (tanto que estaba incluso fuera de las posiciones UEFA) con el Athletic de Bilbao y en el Rico Pérez lo hacían el Hércules y el Espanyol. Tenía el Espanyol (14º) 24 puntos por 23 el Hércules, que antepenúltimo estaba en posición de descenso. Obviamente, aquel partido de Alicante marcaría el futuro del equipo que entrenaba entonces
Vicente Miera. El Barça necesitaba ganar sí o sí para seguir aspirando a entrar en Europa y no podía perder el Espanyol si quería alejarse del descenso... y los dos ganaron.
Allan Simonsen marcó el gol en el Camp Nou y
Miliciades Morel lo hizo en el Rico Pérez. ¿Qué pasó? Pues pasó que, titular con el Barça de
Helenio Herrera, a
Canito no se le ocurrió otra cosa en pleno partido que levantar los brazos en señal de alegría cuando en el marcador lateral del estadi se anunció el gol del Espanyol y, claro, la reacción del público, primero de incredulidad por no saber la razón, fue de desaprobación al jugador. Desde entonces y hasta el final del partido se le pitó cada vez que tocó el balón... Nada más.
Nada más porque a la jornada siguiente, la 31, Canito fue titular y jugó los 90 minutos en Mestalla (entonces Luis Casanova) contra el Valencia (1-1) a la vez que en Sarrià el Espanyol certificaba su salvación ganando gracias a Ayfuch (uno de los paraguayos que mejor rendimiento le dio a Meler en la época) al Rayo Vallecano (aunque este detalle, en la historia, ya tiene poco que ver). Más aún, en el siguiente partido en el Camp Nou, contra el Rayo Vallecano (jornada 32), Canito siguió siendo titular y jugó los 90 minutos... ¿Sirve para algo bucear en la historia?
Por cierto, Canito se fue de vacaciones aquel verano de 1980 siendo futbolista del Barça y la siguiente temporada, la 80-81, siguió perteneciendo al Barça, si bien su presencia en el equipo ya fue poco menos que testimonial. ¿La razón? No quiera nadie seguir esgrimiendo ni su corazón blanquiazul ni un 'castigo' inexistente. La única razón es que aquel futbolista excepcional, precursor del 'todocampista' que tanto brillaba como líbero, como maravillaba de centrocampista o rendía de interior, que recuerdo aún haberle visto como lateral derecho o ser delantero centro, empezó a echar por la borda su vida deportiva primero y personal después.
Fichado en 1979 por 40 millones de pesetas (que no eran pocos en aquella época) más el pase de Bio (otro 'juguete roto'), Fortes y Amarillo al Espanyol, Canito volvió en 1981 a Sarrià en la operación de intercambio con Urruti. Y apenas si estuvo un año en el Espanyol porque, con sólo 25 años su presencia física había disminuido de tal manera que la directiva de Meler, no pudiendo reconducir su vida privada, decidió venderle al Betis. Pero aquel tipo de melena larga, sonrisa perenne y fútbol excepcional ya era más pasado que presente o futuro. La vida le trató demasiado mal y a los que, de alguna u otra manera disfrutamos de él, nos pesó su final.
Dejemos que Canito descanse en paz, sí. Pero no le quiera nadie utilizar en una guerra en la que nada, absolutamente nada, tiene que ver. Nunca renegó, como otros sí hicieron después, de su pasado españolista. Al contrario. Quizá por eso, en aquellos tiempos, el barcelonismo le comprendió mucho mejor de lo que se quiere ahora, interesadamente, hacer ver.
Y, por favor, no mintamos por mentir. Es lleig.